*Por los muros del antiguo hospital de San Roque de la Ciudad de Puebla se impone una serenidad de su pasado: aquí se atendieron a caminantes españoles, a enfermos de peste y a los olvidados de la razón
Jaime Carrera
Puebla, Pue.- Caminar por la Avenida Juan de Palafox y Mendoza en una mañana clara de Puebla es adentrarse en un mosaico de siglos superpuestos: las fachadas coloniales custodian historias que muchas veces se intuyen más de lo que se conocen, pero basta llegar al número 607 para que el pasado emerja, tangible y palpitante en los muros del antiguo hospital de San Roque.
El edificio de cantera y silencio, se impone con una serenidad que sólo los espacios que han contenido tanto dolor pueden irradiar. Entrar a San Roque es como cruzar un umbral invisible. El bullicio de la ciudad queda atrás y una calma solemne lo cubre todo.
Hoy, rehabilitado como centro cultural, el lugar tiene otra vocación: la de mostrar, celebrar, curar con arte lo que el tiempo desgastó con abandono. Pero bajo las losetas nuevas y las paredes restauradas, la memoria permanece.
A cada paso, uno tropieza con una historia. Aquí se atendieron a los caminantes españoles que llegaban desde Veracruz en los días fundacionales de la Nueva España. Más tarde, los enfermos de peste. Después, los olvidados de la razón. Locura o injusticia, no siempre hubo una línea clara. San Roque fue testigo de encierros impuestos más por el miedo que por la ciencia.
Y, sin embargo, su vocación fue siempre la del cuidado, aunque a veces torcido por los prejuicios o la precariedad. Durante siglos, mujeres vulnerables fueron encerradas aquí, sus voces apagadas por el eco de los patios. Aún se sienten. Esos ecos resuenan más fuerte desde que los arqueólogos encontraron, bajo el piso, los restos de quienes nunca debieron terminar allí. Cuerpos sin ataúd, sin nombre, sin rito. Una historia triste.
Pero también hay luz. Porque volver a caminar por San Roque es ver cómo la historia se transforma. Donde antes hubo rejas, hoy hay expresiones de arte. Donde hubo gritos, ahora suenan voces de artesanas, de creadores. Los antiguos pasillos ahora albergan color, canto, baile, recuerdos reconfigurados.
El olor a humedad antigua aún habita algunos rincones. Pero también el olor a madera nueva, a pintura fresca, a renovación. Los techos colapsados fueron reconstruidos, los espacios reimaginados. Y sin borrar lo que fue, el edificio se ofrece como símbolo de lo que puede ser: un lugar para sanar con cultura, para recordar sin odio, para dar sentido al dolor.
Visitar este inmueble implica detenerse un rato en el patio, mirando hacia las columnas. El sol trazaba sombras largas, como si dibujara con los recuerdos. Se piensa en todos los que pasaron por aquí, desde los frailes fundadores hasta los soldados del siglo XIX, las internas del siglo XX, los arqueólogos del XXI. Cada uno dejó una marca.
San Roque no es solo un edificio. Es una historia contenida en piedra. Es herida y cicatriz. Es silencio, pero también canto. Visitarlo no es solo un paseo cultural. Es un acto de escucha. Un diálogo con el tiempo. Una lección que no termina.












